Ago 122012
 

Más que una simple adaptación literaria, Factotum parece una delicada pieza de jazz, donde la palabra busca la acción y la acción encuentra la palabra.

Es difícil concebir un movimiento más dinámico que el de Henry Chinaski. Su historia es la de un alma borracha buscando un trabajo decente, la aventura de un joven que conoce distintas mujeres, que siempre abandona por su soledad de escritor. Un periplo de estaciones pasajeras, personajes fugaces, con un mismo destino: la barra de un bar, la habitación de un hotel de tercera o el banco duro de un parque.

La novela de Bukowski era ya un perfecto libro de imágenes, que el filme de Bent Hamer reproduce habilmente a través de microsecuencias que hilvana armónicamente la música de Kristin Asbjornsen. Aquí no se trata sólo de conseguir una película, sino de crear una pieza de jazz, en la que el verbo, convoca un motivo visual y la palabra remite a una imagen. No es una dialéctica perfecta, sinfónica, sino contradictoria, jazzística, hilarante. Chinaski es el artista ebrio, ajeno a la vida, que pide un taxi cuando sólo puede pagar un autobús y duerme tranquilo en su lecho mientras el edificio arde. Hamer, como Bukowski, podría habernos mentido contándonos otra historia sobre el deseo violento de vivir. No ha sido así. Factotum, reproduce el ojo del escritor: en un instante privilegiado del filme, Chinaski, se duplica y se ve a si mismo encerrado en una diminuta ventana mientras se dice: quizá el hombre, encerrado en su forma, muera del mal de ser hombre, porque olvida muy pronto que podría ser un espíritu.

Ago 102012
 

Mientras el mundo grita en el cine todos sus problemas, el director britanico Mike Leigh se desmarca construyendo una película en torno a un personaje profundamente feliz

A primera vista, Poppy, la joven que protagoniza este film, parece sólo una lunática desbocada que ríe sin sentido y puede ser una presencia forzada para más de un espectador. Sin embargo, ella y sólo ella, justifica que Happy-go-lucky (título original, traducible como “La viva la Virgen”) sea una sorprendente isla dentro de todo un universo cine que insiste en nutrirse una y otra vez con personajes cargados de problemas. Desde el primer al último plano, ella está encantada sólo por el hecho de existir. Y baila significativa y transgresoramente en la disco al ritmo de Common people, del grupo Pulp. Porque, como dice la canción, por más que le pese al mundo, jamás vivirá, ni hará, ni fracasará como la gente corriente y nunca verá, como muchos, que su vida se desvanece. Poppy es capaz de eso y mucho más, incluso de reír (casi) sin parar en una película de Mike Leigh, donde la batalla por la felicidad está de antemano perdida y sus tramas, a menudo oscuras, suelen llenarse de nervio, de rabia, de locura, de vida. No se trata para nada de ese típico cine realista inglés. Aquí, Leigh, despliega como nunca toda una poética del espacio y hace de Londres una ciudad totalmente inventada, un lugar diferente donde ha dejado de llover y todo se ha transformado en un espacio mental que revela el espíritu luminoso de la protagonista. Así, en un instante de inmensa dicha, de envidiable intimidad amorosa, vemos como la puerta se cierra en torno a un primer beso. Parece que la cámara se aparta, pero no, queda también dentro. Y es que allí, donde otros cineastas sufren, callan y sólo ven oscuridad, Leigh ha retratado como nadie los instantes de luz.

Ago 082012
 

Puesta al servicio de un juego de ficción, la genialidad de Abbas Kiarostami, ilumina un hermoso relato donde la realidad se reproduce y reinventa

Primera clave: el personaje que encarna Juliette Binoche no tiene nombre. Lo que no se nombra, no existe, carece de origen. Por eso, Binoche se evita al principio, tan sólo habla de su hijo y de su hermana. Segunda: en mitad del relato, una imagen crucial dividida en dos. La izquierda, desenfocada, deja intuir una pareja de recién casados; la derecha, en penumbra, contiene al escritor. Un plano-puente, donde el peso de una realidad desdibujada cohabita por última vez con una misteriosa ficción que empieza. Y tercera: Escucha. Dos motivos sonoros atraviesan y golpean continuamente la pantalla: el volar de los pájaros y el tañir de unas campanas. El primero, pone voz a una imaginación viva, que sobrevuela la superficie de las cosas; el segundo, marca una amenaza real, ese paso del tiempo que los aproxima a la hora de partida de un tren. Uno y otro se toleran en el mismo plano, sin una línea que los separe, mejor aún, evitan que descifremos una situación que va cobrando fuerza, hasta que se pronuncie una reasignación del yo. Ja-Ja-James, musita una irresistible Binoche. Un feliz tartamudeo que da paso a una última y primera imagen, un hermosísimo primer plano, como todos los de la película, donde parece latir aquel aforismo de Robert Bresson: te inventaré como eres en realidad.