jul 282012
 

Paolo Sorrentino nos regala una película absorbente que empieza silenciosa, da un giro y acaba dejándonos mudos

A Titta di Girolamo, personaje principal de Las consecuencias del amor, le interesa muy poco la realidad. Apenas habla, y, desde hace ocho años, ocupa una impersonal habitación de hotel. Diariamente, juega consigo mismo al ajedrez, toma notas en un cuadernillo y dedica las horas muertas a contemplar prudentemente los fenómenos del mundo. El espectáculo no le es indiferente: una carroza fúnebre se desplaza sin cortejo, un hombre se cruza con una joven y se golpea con una farola, unas enormes grúas se mueven bajo un bellísimo crepúsculo… Elementos que parecen ajenos a la acción, pero que, muy pronto, descubriremos de qué modo prefiguran el desarrollo de un filme que, teniendo un arranque de cine mudo, poco a poco, va permitiendo que su silencio se llene de palabras. Es entonces, cuando la narración hermética se ilumina y pasamos de una inacción psicológica a una violencia de género. Se ha zanjado ese instante mágico en que debemos adivinar el contenido de aquello que no se dice, pero, sin embargo, ese giro narrativo, más mecánico y menos expresivo, nos regala la mejor secuencia del filme: aquella en la que Titta, ese ciudadano gris que no parece pertenecer a la sociedad, debe definirse. Y, tristemente, comprobamos que sólo necesita conjugar unos pocos verbos y algún predicado. Lo veíamos en la secuencia de los títulos de crédito: ese punto que se aproxima lentamente y revela que apenas somos una presencia y un pequeño equipaje.

jul 212012
 

Mi flirt con este film comenzó en verano del 2001, cuando se proyectó en los minicines Albatros. Luego, no he podido olvidarla. Sobre todo cuando su directora, Virginie Wagon, después de regalarnos esta joya, no volvió a hacer ninguna otra película para cine, sólo trabajos para televisión. Pero no importa. Hay personas geniales capaces de decir mucho más en una sola película que otros en toda su filmografía.

¿Qué motivos tengo para hablar así? ¿Qué tiene de extraordinario este film? Algo muy importante: después de verla, no sabemos qué postura moral apoyar. Entendemos casi todos los movimientos, la conducta de los personajes y, pese a ello, no sabríamos resolver el crucigrama que nos plantean. Esto conecta directamente con la primera imagen, los primeros 20 segundos de película. Una secuencia de espera. A simple vista, no parece tener mayor contenido que el de una persona que hace tiempo. Pero vuelta a ver, después de conocer el resto del film, reaparece cargada de sentido. Describo detalladamente: una mujer se pasea en el rellano de un piso. Fuma. Camina derecha a izquierda, con paso elegante y firme. A su lado, el título del film: Le secret. Vemos que esa mujer singular, que está sola en la pantalla, lleva consigo toda la sabiduría del mundo. Una información recopilada en una enciclopedia de 12 volúmenes, con 20.000 ilustraciones. Una mercancía valiosa que vende orgullosa. Lo que no sabe es que está fuera de su paso firme: esas dos palabras que nombran la película, Le secret, no queda respondido en ninguna página de la magnífica enciclopedia.

Recuerdo haber oído decir a José Luis Borau, que sólo le interesaba hacer películas en torno a cosas que desconocía. A Virginie Wagon le sucede lo mismo. Por más que en el año 2000, sea una mujer de 35 años que contempla por el objetivo de la cámara a otra mujer de 35 años, mientras la filma, está aprendiendo cosas que no sabría explicar de sí misma. Porque si uno es un verdadero artista, y un poco filósofo, le ocurre algo muy curioso cuando hace un autorretrato de sí mismo: por más que pretenda ser sincero, recurre a esa tendencia humana tan natural de colocarse capas. Una capa evidente se llama moralidad; otra, ética; una tercera, respeto; una cuarta, virtud… Y así, sucesivamente, hasta el punto de desaparecer o dejar sólo una caricatura. Imaginad que esas capas se han barrido. Que contemplamos un retrato descarnado. Y tenemos la sensación de ver una persona en pantalla, sin focos ni máscaras. Una mujer sale de su burbuja laboral y familiar. Desde allí, impúdica, se muestra y nos mira. Ella ha salido, pero nosotros seguimos dentro, metidos en nuestro propio callejón sin salida. Y mientras se enfrenta, y nos enfrenta, con su verdad, es inevitable que muchos reaccionemos. La discutimos. Al ver la película, no dejamos de hablar de la contradictoria sensación que deja esta suspensión del sentido clásico de la verdad. También de la palabra cuerpo. Desnudo. Sexo. Se pueden retomar estas palabras y lograr que nos resulten nuevas. El verdadero arte cinematográfico, aquél que trasciende y va más allá de sus evidentes posibilidades eróticas y pornográficas, lo consigue. Siempre y cuando el artista no se canse de recordarnos algo fundamental: que todo está contenido en la piel. El cuerpo y el alma. No hay conflicto. Por más que la mayoría, una infinidad de películas ordinarias que acabamos olvidando, no sepan mostrarla. Esta vez sí, es la verdadera piel. Podemos verla. Por otro lado, pensadlo dos veces, ¿alguno de vosotros se resiste a conocer el secreto?

jul 142012
 

arhus-by-night-1Sirve para tanto, alcanza lugares tan lejanos, que nunca sabríamos encontrar una definitiva definición del arte. Hace tan sólo unos días, en un coloquio en la Filmoteca Valenciana, después de la proyección de “El séptimo sello” (1957) de Ingmar Bergman, contaba que el tablero de ajedrez, donde el caballero Antonius Block se jugaba su vida con la Muerte, era una metáfora del arte: una distracción que sirve para entretener a la muerte. Mientras creamos, no morimos. En “Arhus by night”, se perfila otra definición. Sin ser pretenciosa, esta comedia agresiva en torno a un rodaje, logra definir una de las más secretas esencias del cinematógrafo. Mientras un descreído equipo de rodaje machaca al menos profesional, un cineasta joven, más sensible y genial de lo que todos creen, consigue su objetivo: arrancarle a la cámara esa capacidad maravillosa que tiene de generar bloques de tiempo que sean contrapunto perfecto a una tediosa realidad. De repente, todo encaja. Una narrativa funciona: los cuerpos se atraen, tropiezan dentro de unas imágenes. Igual que en un sueño. El cine sabe construir esa realidad alternativa, donde el mundo real se endereza y embellece. Y no se trata de componer una imagen imposible o extraordinaria. Todo consiste algo más sutil: arañar e inmortalizar en imagen ese gesto, esa mirada o sentimiento que le ha negado el escurridizo mundo del director. El ojo de la cámara te abre a otra dimensión, puede revelar todo lo que uno llevaba dentro, aquello que no brotaba al exterior. Así, el milagro que el cine nos propone es muy sencillo: lograr que esos sueños imposibles, esos deseos reprimidos, adquieran forma, empiecen a existir desde el instante en que se proyectan. Luego, lo sorprendente de este film, perteneciente al género llamado “cine dentro del cine”, es cómo reproduce fielmente el arco sonoro de la creación cinematográfica, y nos lleva de un rodaje ruidoso a esa intimidad y silencio que, luego, precisa todo creador. De la ligereza, el socarrón humor, a la vibrante y profunda paz de las primeras imágenes. Cuando están desnudas, mudas, sin etalonar.

La película que se rueda en “Arhus by night”, existe. Es su segundo largometraje, Drenge (Chicos, 1977), donde unos niños, hijos de médicos, pasan su infancia en un hospital y juegan en unos túneles subterráneos. Malmros, como François Truffaut, está obsesionado por la infancia, el cine y las mujeres. Y, Arhus by night, no oculta su deuda con “La Nuit americaine”. Pero Truffaut empieza y termina fascinado por la maquinaria del cine. La suya es una declaración de amor al cine. Malmros es más irónico, sabe que en un rodaje, se establecen una serie de relaciones humanas que no tienen porqué participar de ese amor. No todo el mundo que hace cine, ama el cine. En este film de forma mágica, borra en algún instante esa línea visible que separa la película que se crea del rodaje en marcha. De repente, no sabemos muy bien dónde estamos, si en el seno de unas imágenes filmadas o en la película de una filmación. Genial confusión que señala cómo la expresión de la vida es tan real como la propia vida. Una se fabrica, la otra existe, pero ambas son. Si una copia a la otra, ¿para qué distinguirlos? Por otra parte, me gusta mucho la manera de sellar el film, se lo he explicado a muchos espectadores que lo encontraban abrupto, extraño,… Y, sin embargo, es tan bello, expresivo y redondo. La culminación de una fase, el desbloqueo sentimental de un amor adolescente, el nacimiento de un cineasta que sabe que la cámara le llevará allí donde quiera.