Ago 182012
 

El cine ha explicado hasta la saciedad que mirar el mundo es un espectáculo. La spettatrice muestra de un modo muy original que el espectáculo aún no ha terminado.

Hay algo evidente, muy en la superficie de esta película, que la hace distinta a cualquier otra que trate el tema de la mirada. Valeria, como tantos otros personajes del cine, mira cada noche a su vecino por la ventana. Su manera muy cinematográfica de amar consiste en mirarlo profundamente. Pero esta mujer solitaria, que trabaja pronunciando en otros idiomas las palabras de los demás, que sigue los pasos de otros, es bellísima. Entonces, uno no entiende, y se pregunta porqué es la mujer que mira y no, lógicamente, la mujer mirada. La respuesta es sencilla: a lo largo de toda su historia, el cine ha (ad)mirado excesivamente la belleza, la ha desgastado. Y el cineasta Paolo Franchi en la spettatrice, se aparta de un camino muy trillado y se pregunta qué ocurriría si la silenciosa heroína de su historia, ese personaje que sólo desea saber y mirar pasando inadvertida, tuviera la torpeza de ser hermosa. Y la película llega al fondo de la cuestión, se mueve. El vecino se muda a Roma y Valeria, sonámbula, lo sigue, abandonando su ventana. Entonces, ese movimiento directo, en el que el personaje principal decide, se aproxima, se hace visible, atraviesa la línea de la sombra, rompe con toda la lógica de un film muy poco predecible.

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